La estatua ecuestre

La estatua ecuestre

La estatua ecuestre

  • Autor:
    Enrique Gaspar (Ver obras)
  • ISBN:9788497703888
  • Colección:Sin colección
  • Categoría:Literatura y estudios literarios; OBRAS DE TEATRO, TEXTOS TEATRALES
  • Temática:OBRAS DE TEATRO, TEXTOS TEATRALES
  • Páginas:30
  • Idioma:Español / Castellano
  • Editorial:Vision Libros
  • Código de Producto:735
  • Disponibilidad: Disponible
  • Formato de este producto: Pdf
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  • Sin Impuesto:1.24€
ESCENA I

CARMEN, vestida de luto, y con el traje en desorden, entra por el fondo apoyada en el brazo de LUIS, que lleva puesta su blusa de taller. A poco, ROSA, por la primera de la izquierda.

LUIS (Llamando.)
Despacito, ¡Juana, Rosa!
criaturas más reacias.
CARMEN No llame usted: a Dios gracias
no lo merece la cosa.
LUIS (¡En mi casa esta mujer! (Con júbilo.)
¡Yo sueño!) Aquí hay una silla.
¿Se hizo usted mal?
CARMEN La rodilla
me duele un poco.
LUIS ¿Sí? ¿A ver?
CARMEN ¡Cómo!
LUIS Tiene usted razón.
Dispense usted la imprudencia.
He dicho una impertinencia
con la más sana intención.
Pero estas gentes malditas
me harán echar los pulmones.
¡Rosa! ¡Aquí! ¡fuego, ladrones!
CARMEN ¡Qué ocurrencia!
ROSA (Por la primera de la izquierda.)
¡Cómo gritas!
LUIS ¡Pues grito hace un cuarto de hora
como uno a quien se desuella!
ROSA ¡Calle! ¡Una señora!
LUIS (Aparte a ROSA.) ¡Es ella!
ROSA ¿Quién es ella?
LUIS Esta señora.
ROSA (Aparte.) ¡Quedo enterada!
LUIS A ver, tú,
haz té, mientras la otra chica
va volando a la botica
por bálsamo de Tolú,
vendas, árnica.
CARMEN Y si hay modo
de concederme esa gracia,
que me traigan la farmacia
con los estantes y todo.
No molestarse, aunque yo
lo agradezca, como es justo:
tropecé, me llevé un susto,
se ha pasado y se ha acabó.
LUIS Eso ya es hacer derroche
de valor raro, ejemplar.
Usted llama tropezar
a tirarse de su coche.
ROSA ¿Cómo?
LUIS Figúrate tú,
que trabajando en el grupo
en que hace tiempo me ocupo
de Jezabel y Fehú,
estaba yo en el taller
-aunque huelgue este detalle,-
cuando oigo ruido en la calle,
cerrar puertas y correr.
Salgo, por si es una riña
prestar mano a la pareja,
y un hijo grita: «esa vieja»
y una madre: «aquella niña.»
Hasta que miro a otro lado
y el pánico me expliqué,
viendo llegar un cupé
con el tronco desbocado,
sin freno, y sordo a la tralla,
que al herir los pedernales,
trepidaba los cristales
con un fragor de metralla.
De pronto dobla la esquina,
y una mujer, sin cautela,
forzando la portezuela
se arroja de la berlina.
Dos dedos más, sólo dos,
y se estrella en la pared.
Señora, nos vive usted
por un milagro de Dios.
ROSA Es verdad: fue una imprudencia,
que pudo usted pagar cara.

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