Amor venga sus agravios

Amor venga sus agravios

Amor venga sus agravios

  • Autor:
    José De Espronceda
  • ISBN:9788497703697
  • Colección:Sin colección
  • Categoría:Literatura y estudios literarios; TEXTOS CLÁSICOS
  • Temática:TEXTOS CLÁSICOS
  • Páginas:59
  • Idioma:Español / Castellano
  • Editorial:Vision Libros
  • Código de Producto:379
  • Disponibilidad: Disponible
  • Formato de este producto: Pdf
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Acto primero Cuadro primero Escena primera El parque del Retiro, al pie de palacio; una calle de árboles. DAMAS que pasean; varios corrillos de GALANES; algunas TAPADAS, MENDOZA MENDOZA: (A unas TAPADAS.) A pesar de ir tan tapada, mal podéis encubrir vuestra hermosura.
TAPADA: Galán sois, pero tened cuenta con lo que hacéis, y no sigáis más. (Vanse.)
MENDOZA: Ni tenía tal intención. (PACHECO llega precipitado a MENDOZA y le abraza.) Pacheco, ¡cuánto me alegro de verte!
PACHECO: No me alegro yo menos; y por cierto que te hacía en Flandes ocupado en domar aquellos perros herejes, y no creía tener tanta dicha esta mañana.
MENDOZA: Pues no, amigo, no todo han de ser asaltos, duelos, ni alarmas, y alguna vez ha de trocar uno el lecho campal iluminado por las estrellas por la cama, aunque estrecha en comparación, más blanda y acomodada. Yo, por ahora, me he propuesto vestir seda en vez de hierro, beber vivo en lugar de cerveza, y ceñir la espada mejor que blandir la pica.
PACHECO: Tienes razón, y ya estarías harto de aquella vida, pero... ¿Cuándo has llegado?
MENDOZA: Ayer mismo; y antes, como se suele decir, de quitarme las espuelas, he venido al parque esta mañana a recordar aquellas felices en que tantas y tan buenas aventuras corrimos. Te aseguro que este parque y las mañanas de mayo han sido cosas que nunca he podido olvidar.
PACHECO: Lo creo: en Flandes como no hay mes de mayo...
MENDOZA: Allí hace un frío en este tiempo, que a estas horas por la calle no andan más que perros o soldados. Pero, hablando de otra cosa, tú conocerás todas estas muchachas: ¿ha habido muchas bajas? ¿Buenos reemplazos? Vaya, infórmame, porque yo te aseguro que hasta ahora no he conocido a ninguna, y estoy hecho un forastero en mi patria.
PACHECO: Pero creo que no tardarás mucho en hacer nuevos y útiles conocimientos, porque te vi, me parece, echar requiebros a una tapada...
MENDOZA: Sí; pura galantería: la costumbre de galán y de soldado. Pasa una mujer, ¡qué diablos!, algo le ha de decir uno. Pero te aseguro que vengo muy mudado de como fui. Tú sabes que entonces una mujer era para mí un ángel; ahora no es más que un mueble cualquiera, más o menos útil, más o menos incómodo.
PACHECO: Es decir, que ahora en vez de enamorarte tú, las enamoras a ellas, y en seguida las dejas sin misericordia.
MENDOZA: No, ni aún en eso pierdo el tiempo.
(En un corro FIGUEROA y otros.)
FIGUEROA: (Enojado.) Caballeros, el que pronuncie el nombre de esa señora, o siquiera hable de ella, lo hará con la espada en la mano para esperar mi respuesta.
CABALLERO PRIMERO: Señor don Pedro, no os acaloréis, que no fue mi intención ofenderla; os vi en el bosque ahora poco...
FIGUEROA: Silencio, os suplico. (Se pasea solo.)
CABALLERO PRIMERO: Es un gallego intratable.
CABALLERO SEGUNDO: Montaraz.
CABALLERO TERCERO: ¡Un pobre hidalgo que no tiene sobre qué caerse muerto, con más vanidad...!
MENDOZA: Sí, para eso me ha llamado mi tío. Quiere casarme con mí prima Clara. Yo no la conozco apenas, porque ella era niña cuando yo me fui; y es lo mejor que no he preguntado aún si es fea o bonita.

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