Claudia

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Claudia

  • Autor:
    Jacinto Salas y Quiroga
  • ISBN:9788497705332
  • Colección:Sin colección
  • Categoría:Literatura y estudios literarios; OBRAS DE TEATRO, TEXTOS TEATRALES
  • Temática:OBRAS DE TEATRO, TEXTOS TEATRALES
  • Páginas:52
  • Idioma:Español / Castellano
  • Editorial:Vision Libros
  • Código de Producto:536
  • Disponibilidad: Disponible
  • Formato de este producto: Pdf
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ACTO PRIMERO

El teatro representa un jardín con paredes a los lados. A la izquierda del espectador una puerta practicable que da al camino. En el foro la casa de la CONDESA.

ESCENA I

CLAUDIA, vestida de hombre al uso de Saboya, con BENJAMÍN por la mano; un saquito al hombro que sirve de almohada al niño. CLAUDIA se pasea, y contempla a su hijo que duerme sobre el césped.

CLAUDIA Duerme, niño infeliz, mientras gimiendo
da un recuerdo tu madre a sus pesares;
duerme, y deja llorar a la infelice
que sin crimen no pudo ser tu madre.
Inocente cual tú fui largos años,
guárdate como yo de ser culpable;
que el crimen es lo mismo que la brasa,
lo mismo que el carbón inapagable,
que ennegrece y consume cuanto encuentra.
¡Si pudiera esto al menos acabarse!
Mas la brasa devora tus entrañas,
y la mancha horrorosa que allí estampe
jamás se borrará; jamás muchacho;
jamás, hijo del crimen de tu padre.
¡De tu padre!... Quien te engendró fue un monstruo,
un monstruo... como yo; no, más culpable,
más criminal aún, porque yo al menos
sé gemir, sé llorar, y sé ser madre;
mas él... si es hombre ¿qué ha de ser?... Un tigre,
un tigre como todos los mortales,
sin honor, sin virtud, sin inocencia,
perjuro al mismo pie de los altares,
obsceno con la casta, y asesino
a la faz del cordero que le lame.
Así son todos, todos son malvados,
todos sacian su sed con nuestra sangre;
todos miran los lloros de la virgen
como el señor su feudo; y a los males
del candoroso pecho de la joven
sonríen y se alejan los cobardes.
Sin la maldad aun fuera yo dichosa.
Un hombre... ¿Mas mis quejas de qué valen?
¿Quién sus lágrimas mezcla con las mías?
¡Ah! Todo en torno a mí desierto yace,
y si grito, si lloro, si suspiro,
no hallaré, no hallaré quien me acompañe.
Un día de mi madre en el regazo
vivía sin llorar. ¡Ah! ¡Cuán distante
estaba de pensar en mi infortunio!
Orgullosa era entonces. ¡Vano alarde!
Todavía el reloj de nuestra aldea,
al repetir las horas en el valle,
no me daba recuerdos de amargura.
¡Maldición! ¿Quién dijera que más tarde
con su voz sepulcral el negro crimen,
al son de esa campana, me acordase
que hoy hace tantas horas, tantos días
que olvidé las lecciones de mis padres?
Y sola en todo el mundo, sin amigos,
sin apoyo, sin nadie que me ampare,
en la casa paterna aborrecida,
¿para qué vivo yo?... Para acordarme
que he sido criminal... ¡Ah! Si ese niño
mi apoyo maternal no reclamase,
mi cuerpo, golpeado en los peñascos,
ya el alimento fuera de las aves;
que el sendero encubierto de la vida
para el feliz tan solo es agradable,
sólo para quien ama y es amado.
Si grito yo ¿quién me responde?... Nadie.
¿Y quién seca mi llanto cuando lloro?
Nadie. Y cuando mi hijo tiene hambre
¿quién le da de comer?... Quien me desprecia,
y a su llanto no más deja ablandarse.
Mas todo lo sufriera con paciencia
si una idea tan solo me dejase:
ese hombre a quien debo mi infortunio,
ese mortal que he visto un solo instante
para mi perdición, acá en mi pecho
ha dejado grabado su semblante,
y a veces, al delirio avasallada,
me imagino no pudo aun olvidarme;
me figuro que me ama, que me adora,
que suspira... Entre tanto... ¡Dios! ¿Quién sabe?
Entre tanto que vive en otros brazos...
Olvidando el amor que osó jurarme...
Mientras llora por otra... ¡Triste idea
que desechar del alma quiero en balde!

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