El Triángulo Roto

El Triángulo Roto

El Triángulo Roto

  • Autor:
    José Meléndez
  • ISBN:9788498214802
  • Colección:Narrativa Romantica
  • Categoría:Ficción y temas afines; FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA; NARRATIVA ROMÁNTICA
  • Temática:NARRATIVA ROMÁNTICA; FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
  • Tamaño:150 x 210mm
  • Páginas:400
  • Idioma:Español / Castellano
  • Interior:No disponible
  • Editorial:Vision Libros
  • Código de Producto:5788
  • Existencia:Disponible
  • Formato de este producto: Papel
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  • Sin Impuesto:17.10€
Caía el sol pesadamente sobre el jardín, pero el calor de la mañana parecía mitigarse en la variedad de verdes y las notas de color de las flores que la mano experta de Helen había ido sembrando pacientemente, temporada tras temporada, en una labor constante y meticulosa con el conocimiento de quien sabe lo que hace y el mimo de quien adora las plantas. La encina joven que se erguía en la cabecera de la piscina producía una sombra inútil porque el sol del medio día la venía del oeste y para buscar su cobijo de los rayos había que situarse al lado contrario, justo donde el jardín se estrechaba, con apenas dos metros entre el árbol y el seto de madreselvas. Esa encina, único arbusto en la parcela cuando la compró el matrimonio, había sido objeto de una dura polémica diez años antes, porque Helen, en complicidad con el arquitecto, quería talarla alegando que las hojas ensuciarían constantemente el agua de la piscina. Era verdad, como se demostró después, pero a Ramiro Arenal, ayuno por completo de todo conocimiento de jardinería, le gustaban los árboles y particularmente ese, con su tierno tronco desgajado en dos, se le antojaba como un símil de los dos hijos mellizos, Javier y Elena, y su tendencia a la ensoñación le hizo figurarse el íntimo placer de ver crecer juntas a las dos parejas. Triunfó el deseo de Ramiro y el árbol estaba allí, irguiendo su doble tronco con la pujanza de la juventud y dejando caer hojas y bellotas con terquedad constante sobre las baldosas que pavimentaban el contorno de la piscina para desesperación de Helen y las sucesivas criadas que tenían que limpiarlas. Después, Helen había ido plantando más árboles. Un sauce llorón, que creció impetuosamente y hubo que talarlo porque sus voraces raíces, siempre en busca de agua, como pequeños monstruos taladradores del subsuelo, llegaban hasta la casa amenazando las tuberías y llegando a romper alguna de ellas; dos castaños de Indias, esbeltos y airosos, que ya presumían de altura; dos abedules, de los que uno murió y el otro estuvo a punto pero resurgió gracias a los cuidados de Helen, que cortó el cuerpo enfermo y dejó un tallo que fue creciendo, erguido y pletórico; un cerezo que era el favorito de Ramiro por su exquisito fruto y otros dos jóvenes, bajo cuyos troncos estaban enterrados los dos gatos que les habían regalado a los niños cuando la familia regresó de Londres diez y ocho años atrás, y otros varios cuyos nombres nunca pudo aprender Ramiro.

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