Obras escogidas

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  • Autor:
    Gaspar Nuñez de Arce
  • ISBN:9788497701686
  • Colección:Sin colección
  • Categoría:Ficción y temas afines; FICCIÓN CLÁSICA; FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
  • Temática:FICCIÓN CLÁSICA; FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
  • Páginas:68
  • Idioma:Español / Castellano
  • Editorial:Vision Libros
  • Código de Producto:795
  • Existencia:Disponible
  • Formato de este producto: Pdf
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DISCURSO SOBRE LA POESÍA
SEÑORES (1):
Cediendo a mis gustos e inclinaciones y apartando la mente de los arduos problemas sociales y económicos, tan llenos de incertidumbres y conflictos, me propongo exponeros mi opinión sobre el lugar que corresponde a la poesía lírica en la literatura moderna y emitir mi juicio acerca de algunos de sus más preclaros cultivadores. Forzado por la imperiosa necesidad de concretar mi asunto, porque de otra suerte no cabría tema tan vasto en el espacio de que puedo disponer, no trataré sino de algunas escuelas que en la hora presente se disputan el favor del público; y de los autores que viven gozando de merecido crédito en la república de las letras, únicos de quienes pienso hablar, tan sólo escogeré los muy señalados que por la grandeza de su genio, universalmente reconocida, por la influencia que ejercen en sus respectivos países, o por involuntario error de mi entendimiento, considere dignos de figurar en este sucinto estudio que a vuestra atención consagro.
Tal vez parezca extemporáneo que cuando tan múltiples y complicadas cuestiones políticas y económicas embargan los ánimos, me ocupe en el examen de un punto de crítica meramente literario; pero por lo mismo que todos sentimos a menudo el amargor de la realidad, entiendo que conviene de vez en cuando dar algún esparcimiento al espíritu, dejándole volar libremente por las serenas regiones del arte. Además, de los escarmentados nacen los avisados, y no quiero, tocando las llagas que corroen el cuerpo social, no por indolentes menos malignas, volver a exponerme sin defensa a las pudibundas censuras de las almas débiles, a la indiferencia de los egoístas y a los groseros ultrajes de cuantos están interesados en que el mal arraigue y cunda.
Muéveme también a preferir este tema, a más del atractivo que tiene para mí, el propósito de contrarrestar en lo posible la especie de cruzada que en el vulgo literario, tan injusto como impresionable, se ha levantado de algunos años a esta parte contra la poesía. No pretendo entrar en las altas especulaciones a que se presta el problema planteado por eminentes pensadores de la escuela positivista, sobre la suerte reservada en épocas remotas a todas las manifestaciones del arte; las cuales, según cálculos y conjeturas de algunos de ellos, están condenadas a ir gradualmente extinguiéndose hasta desaparecer por completo bajo la continua invasión de la ciencia. Esta tesis, copiosa y sólidamente impugnada desde el mismo campo positivista por sociólogos y estético, para quienes el desarrollo mismo de la ciencia, tan prodigioso en nuestros días, y que a juzgar por todos los síntomas aún lo será más en los futuros, ensanchará, lejos de restringir, los dominios de la fantasía y del sentimiento, fuentes inagotables del arte, no me inquieta en lo más mínimo, ni pone en esta ocasión la pluma en mis manos. Mi intención es más modesta. Me resigno ante la idea -quizás porque me infunde poco o ningún temor-, de que en la sucesión de los siglos, cuando la ciencia haya llegado a su plenitud descubriendo la causa de todas las causas, cuando haya iluminado, si a tanto alcanza su poder, las hasta ahora impenetrables tinieblas de lo infinito y de lo incognoscible, cuando haya, en fin, encontrado todos los medios de saciar los deseos, de calmar las inquietudes y de curar las heridas de las almas, la poesía perezca envuelta en el cataclismo universal en que han de sucumbir también por innecesarias, la escultura, la pintura y la música. Pero no me someto con la misma mansedumbre a la opinión de aquellos que, sin levantar el pensamiento a concepciones tan complejas sobre los ulteriores destinos de la humanidad, y sólo aguijoneados por el espíritu intolerante de secta, pronostican con tono dogmático, no el aniquilamiento total del arte, en cuya perpetua virtualidad creen, sino la muerte parcial y aislada de la poesía. Desde que el naturalismo, con la fuerza de expansión que despliegan todas las escuelas filosóficas y políticas en los desvanecimientos de su triunfo, extremó sus principios hasta bastardearlos, declarando guerra sin cuartel a la imaginación, y como si la literatura fuese una rama no más de las ciencias naturales, pretendiendo someterla exclusivamente al régimen de la observación y del experimento, hízose de moda entre ciertas gentes hablar con menosprecio de la poesía, sobre todo de la lírica, y son ya muchos los prosélitos de la nueva doctrina que se consagran a profetizar en artículos, folletos, libros y discursos, la inevitable y próxima ruina del Parnaso. Contra estos feroces sectarios va principalmente encaminado mi trabajo, hijo de la más sincera convicción, porque para mí es artículo de fe que la poesía, acomodándose, como siempre, a las incesantes evoluciones de la civilización, ha de continuar siendo por largo tiempo -al menos hasta que sobrevenga, si es que sobreviene, la general y definitiva catástrofe artística predicha por algunos filósofos-, la expresión más pura y conmovedora de las ansias, tristezas y aspiraciones del espíritu humano.

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